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Crecer con el miedo que a tu papá lo maten los terroristas

Transité mi niñez en los 80 y mi adolescencia en los 90. Como hijo de militar aprendí a normalizar la posibilidad que cada vez que me despedía de mi papá fuera la última vez que lo viera con vida, así como le pasó a muchos padres de compañeros de colegio.

Publicado: 2021-06-04

Hoy a la distancia veo que no tuvimos una niñez y una adolescencia normal. Crecimos en medio de la violencia, nos acostumbramos a ella y eso nos hizo fuertes. Era muy pequeño cuando Sendero Luminoso una mañana colgó perros muertos en muchas partes de Lima, fue el año que nació mi hermana del medio, aquella escena de terror era el aviso de lo que se concretó una década más tarde: la llegada a Lima de la feroz violencia terrorista.

Como hijo de militar, piloto de helicópteros, fui “normalizando” ese tipo de cosas. A mis 10 años veía como mi papá, que siempre había estado con un corte de pelo muy prolijo, se dejaba el pelo largo y la barba raída, cuando le pregunté el motivo fue claro y directo: “En la selva- región a la que iba a combatir a las huestes de Sendero y el MRTA- no pueden saber que soy militar porque me matan”. Que duro escuchar eso de parte de tu padre, no? La cabeza de un niño tratando de procesar que unos compatriotas querían matar al hombre que me había dado la vida.

En medio de atentados y apagones fui creciendo. Soy de la generación que en sus ventanas colocaba cinta de embalaje transparente para que cuando explote un coche bomba los vidrios no revienten y nos corten. Parte de crecer en el ambiente militar de aquellas épocas consistía en ver morir a compañeros y amigos de mi papá. Uno de mis vecinos, también piloto del Ejército Peruano, murió a manos de una columna senderista. Su helicóptero fue derivado en una emboscada en el departamento de Junín. Su hijo, con el que había ido al mismo colegio, era por aquel entonces cadete de la Escuela Militar de Chorrillos. Quiero creer que a manera de honrar su memoria, hoy él también es piloto de helicópteros.

Durante la época más dura del terrorismo vivía una villa militar bastante atípica que estaba ubicada en el distrito de Pueblo Libre. No eran ese grupo de casa o edificios que se encontraban rodeados de muros y con protección militar, la mía era un grupo de casas iguales que estaba en una calle como cualquier otra. Una noche de finales de los 80, un cochebomba explotó a una cuadra de mi casa. Aquel día mi papá estaba de viaje y yo me hallaba en mi casa con mi madre, mi abuela y mi hermana pequeña. Era una madrugada silenciosa cuando de pronto se escuchó una fuerte explosión que retumbó toda la casa. Mi padre me repetía hasta el cansancio que cuando sucediera ese tipo de cosas nos tiráramos al piso. Esa noche mientras el resto de mi familia se encontraba aterrada en el cuarto de mis padres, mi curiosidad pudo más y levanté una de las hojas de la persiana veneciana que había en mi cuarto. Quería verlos, quería saber quiénes eran esos sujetos que se atrevían a matar con tanta saña a sus propios compatriotas. Pude observar a uno grupo de encapuchados corriendo con dirección a la avenida San Martín gritando consignas. En el noticiero matutino nos enteramos que el atentado no había sido dirigido a la villa militar, sino a un empresario dueño de una fábrica de cocinas que vivía a una cuadra de mi casa.

Más adelante en el tiempo, cuando ya estaba en la secundaria en el colegio Pedro Ruiz Gallo, un colegio para hijos de militares, ocurrió un atentado cerca del mencionado centro de estudios. En la puerta del colegio Emilio Soyer, institución educativa para hijos de suboficiales, habían dejado una carretilla bomba. Felizmente que ese ataque no dejó víctimas fatales, solo unos cuantos alumnos heridos por los vidrios que explotaron producto de la onda expansiva. Eran tiempos en que no había internet, según me contaron, en un primer momento los noticieros matutinos informaban que el atentado había sido en mi colegio, ya se pueden imaginar la preocupación de mis padres. Hacía unos pocos minutos que había bajado de la movilidad y faltaba poco para empezar con el dictado de clases cuando escuchamos la explosión y vimos a lo lejos como se había formado un hongo de humo. Ese día suspendieron las clases y a partir de ese día, dos soldados armados con ametralladoras iban en los buses que nos transportaban desde nuestras casas al colegio. Yo ya era un adolescente, pero hoy que tengo hijos pequeños me pregunto ¿cómo les puede afectar viviendo de esa forma?¿Te puede llegar a afectar psicológicamente vivir en un ambiente así?

¿Si mi padre estuvo en peligro en algún momento? Claro que sí. En una oportunidad cuando estaba despegando su helicóptero en la ciudad de Ayacucho, departamento donde nació Sendero Luminoso, una ráfaga de ametralladora impactó en su fierro, como ellos llaman a la aeronave. Uno de los disparos pasó a centímetros del tanque de turbo (combustible), ese enorme recipiente de color amarillo que se encuentra en la parte interna de la máquina. El que menos recuerdo fue otro ataque que él sufrió en el VRAE. Con todo eso mi familia aprendió a vivir con el temor de no ver nunca más a mi padre, con que sea uno de la lista más de los caídos en acción, que suene el teléfono de casa y recibamos esa trágica llamada a la que estaba acostumbrada la familia militar.

Hoy me parece increíble que sujetos con probadas conexiones con Sendero Luminoso sean congresistas electos, que varios de los integrantes de uno de los partidos que esté a punto de manejar nuestros destinos por los próximos cinco años tengan probadas conexiones con ese grupo delictivo que amargó la vida de miles de peruanos.

Es una pena que en los colegios no se enseñe en el curso de historia del Perú cual es la verdadera cara de Sendero Luminoso y del MRTA. Sería necio no reconocer que la ausencia del Estado en los confines más alejados del Perú haya servido para que el discurso de estos nefastos personajes haya calado en la memoria de los más jóvenes, de los que no crecieron en medio de apagones porque habían dinamitado una torre de alta tensión cuando se cumplía un aniversario más de estos grupos terroristas, o del miedo de caminar en la calle y que un cochebomba acabe con la vida de tus seres queridos.

Dejo a un lado las nulas propuestas de campaña, la ausencia de un plan serio de gobierno porque por encima de eso están las formas como ellos se siguen desenvolviendo. Podemos ver que siguen siendo esos mismos personajes violentos, esos que sienten un desprecio por el que no comulga con ellos ¿Queremos que en el Perú exista una nueva generación marcada por el miedo y el terror? Yo no.


Escrito por

Luis Vilchez Reyes

Periodista y otras hierbas. Vivo hace quince años en Buenos Aires, Argentina. Me gusta el rock de los 90 y los clásicos. TW: @lvreyes


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